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Madrid se niega a decir adiós a Rosendo

En estos tiempos inciertos, Rosendo es una garantía. Así en general y de muchas cosas que no hace falta explicar. Trabajo, honestidad y tesón en contraposición al sexo, drogas y rocanrol. Identidad de Carabanchel frente a la tan manida aldea global. Un héroe local que dice las cosas a la cara con la naturalidad de quien sencillamente atento observa y que no, que no lleva capa.

Tratar de diseccionar a Rosendo Mercado a estas alturas de la película, cuando pone fin a 45 años de carrera musical porque le da la gana, se antoja cuanto menos innecesario. No lo necesitan las más de 15.000 personas que agotaron las entradas para la despedida de este jueves en el WiZink Center y que se miran unos a otros en absoluto distraídos. Conciencia de clase y sentimiento de pertenencia a lo que quiera que sea esto, eso sí.

Y una obviedad: Esta va a ser la noche de que te hablé. Así lo cantaba el madrileño con Leño hace unas cuantas décadas y terminó aconteciendo. Llegó un adiós que arrancó sin pompa ni ceremonia con la declaración de intenciones que es Aguanta el tipo («puede hacerte rico y hay quien lo encuentra muy normal pero lo sienta a uno fatal»).

Ante un gentío lógicamente enfervorecido, la maquinaria engrasada que conforman Rosendo (guitarra y voz) con Rafa J. Vegas (bajo) y Mariano Montero (batería) va horadando la velada en busca del tuétano con canciones de ayer y de hoy, de aquí y de allá. Por meter entre mis cosas la nariz, Cosita, El Ganador, la profética Deja que les diga que no!

El blues sentido de la Mala vida marca un punto de inflexión tras el cual todo es trá trá: Vergüenza torera, rotundo recuerdo a Leño con El Tren y toda la épica rock encerrada en Flojos de pantalón, el himno respondón definitivo y uno de los mejores solos de guitarra -¿el mejor?- a este lado de los Pirineos.

Una canción que parte en dos el pabellón y tras la que no hay vuelta atrás, pues se suceden Masculino singular, Pan de higo, Navegando, Agradecido, Loco por incordiar y de nuevo vuelta a la leyenda de Leño con unas Maneras de vivir unánimemente coreadas por la entregada hinchada que agota las reservas de cerveza en las barras y no tiene brazos para abarcarse a sí misma.

«Podemos volver a vernos, no sé. Aunque sea en la otra vida, no lo sé. No me gustan las despedidas, me duele tener que parar, pero la vida es esto. Gracias, muchas gracias. Para estas me sé una, ¡Qué desilusión!», lanza Rosendo a la parroquia en un último bis en el que concede otro recuerdo a Leño y que resuena con furia cuando todo el WiZink aúlla: «El Rock and Roll es un arte ¡Qué desilusión! Es sólo una canción y me siento mejor».

En dos horas se acabó. Como vino, se fue y parece que fue ayer. A sus 64 años, se va aunque permanecerá quiera o no. Porque aunque siempre se quite importancia y tire de sincera humildad, Rosendo está. Y porque, como decía aquel, es el único Mercado fiable. Y en estos tiempos inciertos, el mundo está necesitado de garantías. Y entonces, ¿ahora qué?