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El ambiente de la Cumbre del Clima se enfría durante su última jornada: «Estoy deseando que termine ya»

El cansancio tras dos semanas de actividad y el pesimismo ante las negociaciones contagian la clausura de la COP25 en Madrid.

El ambiente de la Cumbre del Clima (COP25) que busca acuerdos para evitar el calentamiento global se ha enfriado durante su última jornada. El cansancio tras dos largas semanas de actividad y el pesimismo ante el avance de las negociaciones de los países participantes han contagiado durante este viernes la clausura en los recintos feriales de IFEMA, en Madrid.

«Estoy deseando que termine ya», reconocía Carmiña en el cubículo donde ha despachado cafés y bollos a gentes de decenas de nacionalidades, y por donde ha visto pasar a la Reina Letizia o la activista Greta Thunberg en los últimos días. Este viernes, sin embargo, notaba menos afluencia desde primera hora. «Los primeros días sí hubo mucha gente y los controles era exhaustivos», explicaba la camarera.

«En la Cumbre del Clima se han borrado las fronteras», añadía Carmiña. El evento de Naciones Unidas presidido por Chile y trasladado a España ha funcionado como una zona internacional que parecía ajena a los mapas. Celebrada en los recintos feriales de Madrid, los pabellones bautizados con topónimos chilenos han estado custodiados por agentes de la ONU, ataviados con uniforme policial distintivamente norteamericano.

Los ‘stands’ de diferentes países remarcaban la multilateralidad de la cita, aunque también recordaban a una feria de turismo. Paradójicamente, algunas de las naciones más contaminantes del planeta han instalado enormes pabellones para ‘vender’ sus políticas ambientales. Otras competían en el uso de materiales reciclables, como España, con un pabellón levantado con conglomerado de madera, Francia y su espacio construido al completo a base de cartón ha ganado la partida.

Los pabellones nacionales han sido interminable escenario de actividades y conferencias. Todavía este viernes había ponentes en muchos de ellos. En el de Japón, un experto hablaba de terremotos y movimientos sísmicos al mediodía congregando a una veintena de personas. En frente, una muchedumbre hacía temblar las bandejas de sandwiches de un ‘stand’ nórdico, hasta que una empleada de catering ha puesto orden. «Pones comida y se te cuelan hasta por el techo», se quejaba la trabajadora.

En la cumbre se hace hambre. Las distancias son largas, y más largas han sido las jornadas. «Estamos agotadas, casi desnutridas», aseguraba un grupo de investigadoras de la Universidad Politécnica de Cataluña. La importancia de la comida en la cumbre ha quedado patente en el discurso de Teresa Ribera en la clausura del pabellón español.

Allí, la ministra para la Transición Ecológica ha destacado del evento tanto «el récord en tiempo de su organización» como que haya sido la primera cumbre en repartir churros a primera hora a sus más madrugadores participantes.

CONTRA LA APATÍA, MÚSICA Y KARAOKE

Este viernes, los que habían desayunado fuerte eran unos adolescentes noruegos que protestaban, emulando a Thunberg, en el primer pabellón de la cumbre, desentonando con la pachorra generalizada a esas primeras horas de la mañana en IFEMA, antes de que los jóvenes de ‘Fridays For Future’ subieran el volumen sobre la hora de comer para manifestar su «decepción» ante los resultados de la cumbre.

«Está más vacío que otros días, quizás porque las negociaciones se prolongaron hasta tarde y se estarán retrasando en llegar», interpretaba Andrea, una periodista que recuerda los primeros días de la cumbre, a principios de diciembre, como un «caos».

«Se notaba que se había hecho todo en el último momento», añadía la reportera, resignada ante el previsible cierre sin acuerdos trascendentales. Su compañero Nacho se mostraba más crítico todavía. «Nadie siente que esto sirva para ninguna cosa», afirmaba el plumilla mientras en la sala de prensa representantes de los gobiernos africanos mostraban su malestar por el rumbo de los negociaciones.

No todo ha sido apatía en la última mañana de la cumbre. Un escocés vestido de escocés, con ‘kilt’ incluido como si bajara directo de las ‘highlands’, ha hecho sonar su gaita todo lo que ha podido para recordar que la próxima COP26 se celebrará en Glasgow. Además, la Zona Verde, el espacio más lúdico de la cumbre, ha despedido sus actividades con actuaciones de Vetusta Morla y Amaral.

En ese pabellón no ha dejado de sonar música en todo el día, provocando situaciones hilarantes. Por ejemplo, durante una mesa redonda de fiscales.

Uno de ellos intentaba explicar los asfixiantes datos de emisiones contaminantes a la atmósfera, pero le sepultaba la música que emanaba de una actividad próxima. Era un karaoke, y alguien cantaba estrofas como «I see skies of blue and clouds of white», de la canción ‘What a wonderful world’ de Louis Armstrong, mientras el fiscal hablaba de cielos teñidos de negro.