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Libia huele a pescado podrido

“Ha sido una semana infernal”, dijo Abu Mohammed, empleado local de Sanidad y natural de Sabrata. La semana comenzó con la aparición de los cuerpos sin vida de tres mujeres tunecinas de los que se habían deshecho en las proximidades de la playa de Shahrazad, cerca de un lugar frecuentado por las milicias locales. Y después, los cuerpos en estado de descomposición de veintidós migrantes ilegales que fueron abandonados en el bosque que hay frente al puerto pesquero de Sabratha.

“Es una tragedia absoluta —me dijo el padre de tres de ellos—. ¿Cómo puede la gente hacerle esto a otros seres humanos: tirar así sus cuerpos? ¿Qué va a pensar el resto del mundo de nosotros? —preguntó enfadado—. Estas no son las enseñanzas del islam —paró para tomar aliento—. A estos perros contrabandistas no les preocupa nada más que el dinero”, refunfuñó con voz triste y abatida.

Los detalles de la tragedia que salió a la luz la tarde del 3 de marzo de 2017 —cuando se encontraron los cuerpos de veintidós migrantes muertos por asfixia y abandonados en el bosque— todavía no se conocen. Hay muchas fuentes que piensan que se intentaba trasladar a los migrantes de su escondite al puerto y acabó mal. Algunas fuentes que conocen el funcionamiento de las redes de tráfico de personas han dicho que una de las maneras típicas de transportar a migrantes es en cámaras frigoríficas de fabricación local instaladas en camionetas tipo pickup que se usan para transportar el pescado fresco desde el puerto hasta el mercado. Pero, en esta ocasión, los migrantes se metieron en estas pequeñas cajas con fatales consecuencias.

A medida que se iban revelando los detalles de esta horrible historia, las autoridades locales se apresuraron a eludir cualquier responsabilidad mediante un breve comunicado genérico y una foto con voluntarios de la Media Luna Roja retirando los cuerpos. El parecer de la población local es que las autoridades saben perfectamente quiénes son los criminales que trafican con seres humanos, y hay quien se atreve a acusar a algunos de ellos de tener algún tipo de relación turbia con las mafias de tráfico. En todo caso, lo que sí se sabe es que la situación no va a cambiar mientras los líderes de las redes sean ellos mismos y se encomiende a los jefes de las milicias el refuerzo de la seguridad y el mantenimiento del estado de Derecho en la ciudad y sus alrededores.

La población local ha perdido la fe en las autoridades y en su incapacidad de cambiar la vida de las gentes. Muchos incluso dirían que sus vidas han empeorado, dado que bajo su mandato los traficantes se han vuelto más poderosos y fuertes, con más dinero para comprar e intimidar a todo aquel que se encuentran.
Sabrata no es inmune a lo que sucede en Libia y Trípoli. El vacío de poder y de seguridad ha propiciado que los municipios sean débiles en todas partes y que no haya acuerdos políticos. La situación a corto plazo únicamente puede empeorar. El valor del dinar libio cae en picado cada día, los bancos no disponen de efectivo para los clientes, hay escasez de petróleo y la electricidad es muy inestable. Es hasta difícil que la situación empeore aún más, pero si nada cambia, irá a peor. Para los ciudadanos de Sabrata, la única evasión de la dura realidad consiste en sentarse junto al mar y oler el aire fresco y salino. “Pero incluso eso no es posible ahora.” —dijo un empleado de Sanidad de 39 años. “Donde quiera que vayas ves a pescadores tirando el pescado. La gente no quiere comer pescado porque les asusta mucho; muere demasiada gente ahogada y el pescado se come los cuerpos. Por eso los pescadores tiran el pescado en la orilla del mar y, tras varios días al sol y con el calor, la bella escena se desvanece por el olor a pescado podrido”.

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